📖 Sorpresas te da la vida



Hace tiempo, después de pasar más de veinte años mudándonos aproximadamente cada dos años por motivos laborales, por fin se abrió la posibilidad de asentarnos en una ciudad con la que siempre habíamos soñado. Ya habíamos vivido antes en ese estado y yo la había visitado en varias ocasiones; desde la primera vez quedé absolutamente enamorada de su ambiente, su gente y su ritmo.


A lo largo de estas dos décadas, en cada lugar que he habitado he mantenido mis dos pasiones: hacer trabajo voluntario y seguir escribiendo y publicando. 


Siempre con los mismos temas centrales: la inclusión de las personas con discapacidad y la difusión de la literatura como herramienta de cambio. 

Así que, apenas llegué, me acerqué al encargado del área de inclusión del municipio. Eran gente joven, muy entusiasta, con ganas de hacer cosas y a primera vista parecían absolutamente transparentes en sus intenciones.


Fue un craso error juzgar solo por las apariencias. Pronto me di cuenta de que apenas empezaban su camino y estaban muy verdes en muchos aspectos: desde el manejo de conceptos hasta el uso correcto del lenguaje técnico en temas de discapacidad. 

Pero pensé que nada de eso era imposible de mejorar, y cuando me invitaron a sumarme a una mesa de trabajo, acepté con mucho gusto.


Comenzaron las solicitudes: me pidieron libros para realizar actividades, con la promesa formal de comprarlos. 

Luego me pidieron autorización para hacer una entrevista y utilizar uno de mis textos —mi propio libro— en sus dinámicas, con el compromiso de mantener el contacto y compartir los resultados. A todo dije que sí, confiada en que estábamos construyendo algo juntos.


La entrevista se realizó, el libro se usó en las sesiones… y después de eso, solo hubo silencio. Un silencio largo, pesado, que se extendió por meses. 

No recibí ninguna noticia sobre cómo habían salido las actividades, ni me dieron la oportunidad de compartirlo con mi propia comunidad para difundir el trabajo. Lo peor: los libros que habíamos reservado en una librería local seguían ahí, juntando polvo, sin que nadie los retirara ni cumpliera lo prometido.


Intenté contactar por mensajes, llamadas, correos… y nunca hubo respuesta. Fue entonces cuando comprendí que tenía que escribir directamente a su jefa para exponer la situación. ¿Qué crees que pasó ? 


Y desde entonces he pensado mucho en lo ocurrido. ¿Por qué no cumplieron su palabra? ¿Fue simplemente porque no le dieron la importancia ni el valor que merece el trabajo de una mujer que dedica su tiempo y su esfuerzo a causas sociales? 


¿O se sumó otra razón más dolorosa: el hecho de ser una persona con discapacidad, creyendo que si me invisibilizaban, si ignoraban mis acuerdos y mi trabajo, no pasaría nada, que no reclamaría o que mi voz no tendría peso?


Sigo haciéndome la misma pregunta, y me pregunto también: ¿tú qué piensas?




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